A cada uno lo suyo.

Es cierto, hay muchas cosas que un puesto de trabajo no es, pero cada  puesto de trabajo es distinto para cada trabajador. Ya hablamos en su momento del valor por esfuerzo que ejerce el trabajador y mencionamos la motivación de trueque, la motivación del profesional y la motivación de voluntariado. Parece evidente que esto nos ayuda a entender que cada persona busca en el mismo trabajo objetivos diferentes.

No es lo mismo un padre de familia, un adulto soltero, un estudiante o un adolescente en su primer trabajo. Sabemos que en un hotel nos vamos a encontrar estas tipologías mencionadas, y parecería lógico tratar y gestionar a cada una de un modo distinto.

La microsegmentación del cliente interno, el trabajador, debe ayudarnos aplicar un salario emocional particularmente adaptado a cada uno, ofreciéndole los incentivos que le sean atractivos y que para él represente un valor deseable.

Sabemos que no es la misma motivación la que tiene un adolescente que un padre de familia, aunque sus objetivos puedan ser similares no están gobernados por la misma motivación. Al igual que los clientes, el trabajador ha de sentir que es único, que su situación dentro de la empresa le hace en cierto modo necesario, y el reconocimiento de esa situación será una de las claves de su motivación.

Toda motivación tiene, en mayor o menor medida, un componente interno y uno externo. La motivación de trueque necesita de quien conceda la recompensa monetaria por el trabajo realizado. Eso supone la existencia de una relación más o menos reglada y estructurada.

La motivación del profesional es la que menos necesita ese elemento externo, pues el trabajador se automotiva con la satisfacción de su trabajo bien hecho. Sin embargo necesita que la empresa le otorgue de las condiciones necesarias para que pueda disfrutar de esa excelencia buscada.

Por último la motivación de voluntariado tiene un cierto componente de reafirmación, puesto que en cierto modo busca el reconocimiento y la satisfacción que genera en el trabajador observar los beneficios que su trabajo produce en su entorno.

Estamos hablando siempre, por lo tanto, de relaciones bilaterales en las que tanto la empresa como el trabajador han de aportar activos, valores, facilidades y entornos que hagan posible la consecución de los objetivos tanto de la empresa como del trabajador. Y para eso la empresa ha de reconocer que cada trabajador necesita negociar su propio salario emocional, independiente de cualquier otro.

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