¡Cómo está el servicio!

cocina_abrahamUltimamente estoy copiando articulos de otros más de lo que debiera. Pero entre la época, ya casi Navidad, y el aumento de trabajo, uno tiende a dejar que los que más saben y mejor lo dicen ocupen los focos mientras yo me quedo en las sombras.

No quiere esto decir que reniege de la naturaleza de este blog, ni mucho menos, pero ha dado esta coincidencia.

Hoy os presento un artículo de Abraham García, dueño y chef de Viridiana, en su blog de El Mundo. Me parece sencillamente genial.

Recientemente, y no es broma, en uno de tantos restaurantes sin memoria pedí una grappa para calentar el café, y minutos más tarde la grapadora apareció en mi mesa. Situación tan jocosa sería impensable en camareros de escuela a quienes pese la brevedad de los cursos (9 meses lectivos) olerán, cuando menos, los diferentes destilados.

La imparable plaga de bares y restaurantes (de uno por cada cien personas abusa Madrid, según he leído en una estadística sospechosa, y disculpen el pleonasmo) nos obligaba hasta el azote de la crisis a proveernos de personal a lazo. Así al transportista de platos que duchó a los comensales, se le notó que estaba poco ducho. Tras marear la botella de cava para desamordazarla, el tapón se estrelló contra el techo y la detonación hizo levitar las copas: “Perdone, señor, ¿la quería con ruido o sin él?”, acertó a disculparse. “La próxima, con paraguas”, sugirieron. Y lo malo es que esa falta de profesionalidad no sólo se acusa en la sala, sino también de puertas adentro (cocina, office…) o de calle afuera.

Más difícil que disculparme ante las víctimas de la borrasca, fue explicarle a otro comensal, sin que se le desmayara el bellini, que su amado Ferrari había borrado los corazones tatuados en una platanera de Antonio Maura. Nueve meses y un día (que aún me escuecen) estuvimos pagándole el alquiler de un carro algo más modesto. “Lo siento, hacía un ruido tan especial que le metí la zapatilla, y como la calle estaba mojada…”, se disculpó el aparcacoches, antes de irse andando al paro.

Pese a lo expuesto, que no cunda el pánico, la cotidianidad de un restaurante está jalonada de anécdotas felices y frecuentemente tan maravillosas que si no las cuento es para no generar envidia. Inolvidable la del caballero que cuando rebocé a su dama con la pringosa salsa de un cocktail de coquinas, también él y sin dudarlo se embadurnó la pechera. O la clase de aquellos camareros altruistas que salvaron del apuro a una pareja inexperta. Él, azarado y más rojo que un pimiento, dejó su único billete que no alcanzaba para el total de la factura. Pasados unos minutos volvió la bandeja con el mismo billete y una escueta nota: “Para que os toméis unas copas”.

Compárenlos con esos avispados de hoy que, abusando de la buena fe y de la cibernética aceptan reservas en función de un ranking de propinas: “¿Mesa para el viernes? Disculpe, estamos confirmando las reservas y probablemente habrá anulaciones. Déjeme su nombre y teléfono y le llamo en diez minutos”. Acto seguido, el filántropo pregunta a la pantalla cuánto dejó de bote el interfecto las últimas veces. ¡Ay amigo, si estás en la franja de los 5 €, te puedes morir de hambre!

Y a los postres, me honra presentarles a Antonio Roales, alias ‘el Buda’, a quien vengo explotando los últimos 25 años de Viridiana. Buena gente, sobrado de oficio, profundo conocedor de vinos y viandas, políglota, intuitivo, currante, pero que, sin embargo, como fisonomista pierde puntos. Al medio día, junto a una periodista de Radio Nacional y sin reservar, apareció un hombre tocado de una indumentaria que cantaba, medio invertebrado y con boca de metro. El bueno de Antonio, que en sus años mozos (nadie es perfecto) se había descojonado con los Hermanos Calatrava, reconoció a su viejo ídolo y sin pensárselo abordó al intruso: “Joder, Paco, ¡qué alegría, cuánto tiempo!”, dijo aporreándole la espalda a Mick Jagger.

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